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Cuando no hay palabras en la boca, pájaros

Reseña del cuento "Pájaros en la boca" de Samanta Schweblin.

Por Natalia Rocchetti


Con su cuento “Pájaros en la boca”, Samanta Schweblin nos introduce a la vida de un hombre que descubre que su hija come pájaros.


La tengo sin comer desde ayer (…). Para que lo veas con tus propios ojos, le dice Silvia al padre de su hija, un padre ausente que se ve obligado a enfrentarse a las acciones de una hija que no reconoce como propia, que preferiría creer que es responsabilidad de cualquier otro mientras que no sea la suya.


Frente a la escena que se presenta ante sus ojos, no hay mucho que este padre pueda decir. Sin embargo, sí hay algo que hace casi instintivamente, como un reflejo: vomita, pero antes se esconde, va al baño a vomitar. Porque él sí entiende de ascos, y no solo le da asco lo que ve, sino que es consciente del asco que genera lo que sale de su propio cuerpo, así que no duda en taparlo. Sara no. ¿Qué pasa con Sara?


¿Qué sucede en una casa en la que la nena come pájaros y la madre es quien se los trae? Una casa en la que parecería haber un miembro fantasma, invisible, que no logra estar presente ni siquiera cuando debería. ¿Qué pasa cuando el miembro fantasma es empujado a escena, obligado a actuar frente al No puedo más de la única que era capaz de traer el alimento?


Sara come pájaros. Y hay un detalle importante: los pájaros que come Sara son pájaros vivos. Hay algo de lo insoportable, de lo atroz del acto que este padre no puede afrontar. Aparece cierta posición obsesiva, un pensamiento que busca racionalizar lo que sucede para poder elaborarlo, simbolizarlo, comprenderlo, quizás aceptarlo, o por lo menos, aceptar el hecho de que tiene que vivir con eso. Literalmente. Tiene que vivir con esa hija extraña que come pájaros vivos.


¿Con qué fantasea el padre para pasar el rato, para tolerar medianamente su vida? Adopción, encierro, psiquiátrico, abandono. Cualquier cosa que implique para él salirse de esa situación que lo absorbe; ignorarla y dejarla para que la solucione otro. Mirar para otro lado. No hacerse cargo. Dentro de lo posible, no responder por esa responsabilidad que le es exigida. El problema es que esa responsabilidad no es solo una exigencia que viene de afuera, hay algo que tiene que ver con él y solo con él, hay algo que le toca el cuerpo, que toca ese supuesto lugar de padre que debería haber habitado, hay algo que, a esta altura, haga lo que haga, no va a poder ignorar del todo.


Silvia se ocupa de llevarle las cajas con los pájaros hasta que un día se ve impedida de hacerlo y esto queda a cargo del padre. Ahora no solo tiene que compartir el mismo espacio con este ser desconocido y horroroso que resulta ser su hija, sino que es él quien tiene que encargarse de provocar el horror, tiene que ser parte. La responsabilidad lo sacude una vez más, empujándolo al límite. ¿Qué hacer con eso? ¿Cómo hacer con eso?


En el proceso en el que este padre llena sus pensamientos obsesivos de incertidumbre que inhiben el pasaje a la acción y lo dejan en una posición de no saber si hacer o no hacer lo que su hija necesita que haga, Sara pierde la vitalidad que tenía cuando le traían los pájaros para comer.


Un día en casa con su hija, prepara comida solo para él y mientras come, aparece la pregunta de Sara: ¿Me querés?. Esta pregunta podría ser el centro del enigma, esa pregunta podría ser la respuesta a las preguntas no hechas de sus padres. El problema es que a Sara no le alcanza con un Sí, mi amor, ella necesita constatarlo. Ella necesita saber cuál es el lugar que ocupa para el Otro, algo del orden del amor. Por otro lado, su padre podría estar careciendo de cualquier herramienta en este aspecto ya que se aleja del día de la madre y de los lácteos, se aleja de las canciones de amor, se aleja de su hija y se queda con sus enlatados despojados de cariño y su soledad.


El padre prefiere ignorar todo lo referente al afecto con tal de esquivar el horror que le genera lo que hace su hija; Sara encuentra una solución a la necesidad de alojamiento que busca en su padre, pero esa solución implica tragar. Y una vez más, permanece callado lo no dicho; y cuando aparece la pregunta de Sara, su padre no se atreve a devolvérsela invertida con un ¿y vos me querés a mí?; y cuando Sara se queda sin pájaros, no los pide, al menos no con palabras; y cuando su padre le pregunta si está bien, ella responde Sí, papá y calla.


Sin embargo, sobre el final, algo sucede y este padre algo descubre. Le compra el pájaro a su hija que no come hace días y está pálida y muy delgada y no sale de su cuarto desde hace horas. Entra a la habitación por primera vez y se encuentra con que no era lo que él imaginaba, todo estaba en su lugar, ordenado, ni una pluma a la vista y las cajas apiladas para ocupar el menor espacio posible. Deja la caja con el pájaro y se retira con cierto malestar. Luego de un rato, escucha el correr del agua de la canilla que indica que su hija ya comió y se está enjuagando la cara y esto le da fuerzas para bajar la escalera. Su hija, satisfecha, le da sentido a todo. Y algo del orden de un amor no narcisista, ambivalente, difícil de tolerar, se abre paso en la escena. Y el padre encuentra, de alguna manera, también, una solución en los pájaros.


"Pájaros en la boca" es también el título del libro que reúne este y otros cuentos de Schweblin. En 2008, ganó el Premio Casa de las Américas (bajo el título alternativo La furia de las pestes). Se pueden encontrar diferentes ediciones en Casa de las Américas, Emecé Editores y Random House. Puedes leer el cuento completo aquí.


[*] Natalia Rocchetti se recibirá este año como psicóloga por la Universidad de Buenos Aires. Sus intereses principales son el psicoanálisis, la literatura y la escritura creativa.


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